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Mel Bonis Price : 17.00 € |
Duración total 52:29
Mel Bonis escribió entre 1903 y 1905, en 1920 y en 1927, alrededor de 10 obras de música de cámara de notable interés. La musicalidad de sus sonatas, tríos, cuartetos y septetos es comparable a la de los mejores creadores de su época. Después de haber escuchado su primer cuarteto con piano, Saint-Saëns dijo: "Nunca hubiera pensado que una mujer fuera capaz de escribir esto!"
En este primer cuarteto escrito en 1905 y dedicado a un hijo de Gounod, Jean, se amalgaman la pasión, el encanto, la ternura y el recogimiento a través de una escritura hábil, en la que se pone de manifiesto la belleza de los temas, la originalidad de los encadenamientos armónicos y el tratamiento individualizado de los instrumentos.
En el primer movimiento el tema lo expone la viola, luego el violín, el violonchelo y el piano lo toman a su vez, en un diálogo permanente, contrastado y sin debilidades. Después de este Moderato, un Intermezzo liviano y fluido nos ofrece pasajes extremadamente refinados exigiendo de los intérpretes una gran virtuosidad. El Andante, íntimo y dramático le abre camino al Final Allegro, vigoroso, viril y particularmente animado.
El segundo cuarteto con piano, más tardío (1927) sorprende por parte de una mujer de casi 70 años. La vitalidad, el fervor y la imaginación están siempre presentes, contrastando con la imagen que conservaban sus familiares y amigos: la de una anciana poco activa. El principio es un coral meditativo y religioso al que le sigue un "più vivo", enérgico y movido, que volverá nuevamente, hacia el final, al carácter inicial. El segundo movimiento, Allegretto, es como un bordado delicado lleno de sorpresas, de acentos y de rupturas, que exige una gran maestría por parte de los instrumentistas. Mel Bonis caracterizó muy bien al tercer movimiento: "Lento, calmo y contemplativo". El piano acompaña una extensa frase del violín, luego los instrumentos dialogan en una cerrada trama, entrecruzada y sutil, que termina como en un sueño. El Finale. Allegro, fogoso y enérgico, ofrece una conclusión radiante y luminosa.
Las dos obras para violonchelo y piano, Méditation (1898) y Sérénade (1899), obras de salón, se distinguen por una escritura de gran calidad que las destaca de la mayor parte de las creaciones comparables de la época, y completan así el "retrato" de una compositora que también sabía distenderse con elegancia.
Traduccion Mriam Nachtigall